El árbol de la vida: real y fantástico
Por Carol Damian
Miami, FL. Julio 2008

La imaginería de Carlos Luna está repleta de diseños complejos y posee una riqueza de detalles que le sirve de escenario a figuras, objetos, animales y otros símbolos arcanos que lo mismo surgen que se funden en las líneas de su estilo. Muchas son las referencias de Luna: una infancia en el campo de Cuba donde suenan los tambores de los ritmos afroantillanos; una educación artística conservadora en La Habana; muchos años en México y una fascinación por la historia del arte, especialmente el de la España medieval. Él también transita de la pintura y el dibujo a la escultura y la cerámica con una facilidad natural que le presta la misma atención al detalle en el dominio de toda una variedad de superficies. En la constante exploración de materiales para su dedicado y meticuloso acercamiento al proceso creativo, Luna parece disponer de inagotables recursos para extender la multitud de personajes e historias que llenan sus obras. De Cuba proviene el héroe popular de la vida rural, el guajiro – el agricultor que alcanza una estatura casi mítica cuando Luna lo convierte en vaquero, esa figura que tan a menudo domina sus temas. De México —donde pasó más de 11 años luego de salir de Cuba, conoció a su bella y talentosa esposa y se sumergió totalmente en el rico ambiente artístico del país— entraron en su obra nuevos símbolos y materiales. De la España románica, las estilizaciones de frescos y manuscritos fueron asimiladas casi inconscientemente. Y de los grandes maestros del siglo anterior y del actual, se percibe una libertad para  fundir una variedad de elementos en nuevos medios y en nuevas combinaciones que desempeñan un papel en aportar su peculiar imaginería al mundo moderno. Todos estos elementos cobran una nueva vida cuando él fija su residencia en Miami, un lugar de sorprendente actividad cosmopolita en materia de arte. El resultado de esa amalgama estética y técnica permite discutir la obra de Luna en numerosos niveles, cada uno de los cuales se transforma y genera otro nuevo, como las rama de un árbol.

 

Un árbol es tal vez un lugar adecuado para comenzar a describir el contenido narrativo, con su complejidad de símbolos, que se encuentra en las obras de Luna. En ellas los árboles son un elemento ubicuo, no sólo es su forma más obvia, sino en la manera en que muchos elementos aparecen como hojas y flores que se confunden en su diseño. El árbol es también un símbolo de significación universal que puede trascender las limitaciones socioculturales que con tanta frecuencia se utilizan para distinguir a unas personas de otras en tiempo y lugar. Para Luna, el árbol es real y fantástico, y tan abarcador que puede servir para salvar las distancias de Cuba a México y también a Miami. Por haberse criado en una zona agrícola, donde se apreciaba la tierra, su flora y su fauna, así  como la ardua labor del campo, él ve el árbol como una metáfora de la supervivencia que es parte de un diario ritual. El Árbol de la Vida, con sus connotaciones bíblicas, representa vida o muerte, en dependencia de si está sano y robusto, o abandonado y seco. Se asocia con el Huerto del Edén, la tentación y la sexualidad, y con la genealogía de Cristo. En Cuba, los rituales católicos dominantes compiten con los de los esclavos africanos, que también trajeron al Nuevo Mundo una reverencia por la naturaleza —llena de vitalidad, aunque necesariamente enmascarada— en cultos provistos con su propio panteón de deidades, acompañamientos musicales y ceremonias. La santería, sin duda la más común de las religiones de África Occidental que han ejercido su influencia en Cuba, surgida del sincretismo de símbolos de la religión católica y la lucumí cuando los esclavos enmascaran sus rituales autóctonos, consideraba la ceiba como un árbol particularmente dotado para conectar lo terrenal, lo infernal y los dominios celestiales: proveedor de agua, sede los orishas (los dioses y las diosas del panteón lucumí) y salvaguarda del equilibrio del pueblo. Los árboles son avatares de ashé, o el poder espiritual, y sentinelas que custodian el universo. Cada rama puede considerarse que contiene los símbolos de los orishas, que se nutren de las ofrendas.
 
El árbol también tiene manifestaciones y asociaciones sagradas provenientes de los rituales de los antiguos pueblos de México, en particular los mayas. Los puntos cardinales se asociaban con un árbol universal orientado hacia una dirección específica que parecía expresar la cuádruple naturaleza, o axis mundi, situada en el centro del mundo. Entre los mayas, era también la ceiba el árbol que conectaba los planos del cielo, la tierra y el inframundo. Entre los mesoamericanos había árboles cósmicos, y jeroglíficos que describían su ubicación. En estos árboles aparecen aves y bestias junto con los símbolos de dioses portadores de los días y los años. Los árboles se tornan increíblemente complejos con la adición de estos elementos, y el México moderno aún reverencia su imagen e incorpora la complejidad de diseños de árboles en artesanías hechas de una variedad de materiales, especialmente de cerámica.

 

La acumulación de signos y símbolos, de elementos figurativos y abstractos, de objetos y de diseños híbridos que caracteriza la obra de Carlos Luna, llena las superficies de sus dibujos, telas y cerámicas como las ramas de un árbol. Cada rama o cada hoja puede apreciarse por separado, pero la historia se desarrolla como una colección. Ojos omnividentes reemplazan a las hojas, y las ramas se convierten en cuchillos y tijeras. Las ramas sostienen cigarros  y tazas de café, pájaros y gallos surgen de su interior y hombres y mujeres se integran al diseño. El repertorio simbólico del que Luna ya se ha adueñado cobra vida en la metáfora de un árbol. El guajiro puede ser el personaje central, que desempeña numerosos papeles como el héroe de la vida rural, el dominador machista y el depredador sexual, el simpático personaje con su sombrero, su cigarro y su pene erecto que emprende la danza de la vida. Pero él adquiere forma gracias a los elementos simbólicos que lo rodean y que captan su atención y la nuestra. El gallo también desempeña un papel significativo en las obras de Luna. Símbolo de identidad nacional en Cuba, el gallo representa la sexualidad masculina, la virilidad y el machismo. El gallo es el animal que se destina fundamentalmente al sacrificio en los rituales de Santería y su sangre alimenta a los dioses. Es una figura activa que infunde energía y personalidad a las pinturas y cerámicas del artista. En las imágenes de Luna se encuentran relatos de seducción con tintes eróticos, y toques de ingenio que atemperan un contenido demasiado serio. La anatomía humana con frecuencia se reduce a los elementos abstractos que constituyen sus configuraciones rítmicas. 

 

La composición de los relatos que Luna cuenta, repletos de objetos y símbolos que se han convertido en su léxico particular de ideas, adquiere su forma también a partir de cierto número de fuentes. Su introducción a la historia del arte proviene de la colección de imágenes de su abuela: santos católicos, crucifijos y vírgenes que incluían réplicas de obras maestras europeas, arte popular e inusitadas reproducciones del manuscrito medieval español del Beato de Liébana (de alrededor del 780 D.C.) que ilustró el Apocalipsis. Cuando ingresó en la prestigiosa escuela de arte de La Habana, Luna era capaz de reconocer los frescos religiosos provenientes de la abundante iconografía del  mismo período románico. Tanto los manuscritos como los frescos utilizaban una manera singular de representar las figuras humanas y sus ambientes religiosos que ofrecían gruesos bocetos y visiones “radiográficas” de formas, abstracciones  y alargamientos, cabellos y colgaduras estilizadas, sorprendentemente similares a los métodos de dibujar y pintar de Luna. Es también muy semejante al de Picasso, quien debe haber visto los frescos religiosos de las iglesias catalanas en los ambientes de su infancia a los cuales a menudo volvía. Las semejanzas son demasiado obvias para ignorarlas, aunque el estilo de Picasso terminara por llamarse “cubismo”. 

 

Los rasgos estilísticos y las técnicas de la obra de Luna incluyen trazos gruesos, formas extremadamente abstractas y un denso patrón que se repite y repite, que también es reminiscente de la pintura colonial de México y los Andes. El drapeado es particularmente similar, con sus detalles de brocado y su efecto estarcido —hecho en realidad por el artista en una técnica de relieve que es física y visualmente táctil. Los puntos pequeñísimos que perfilan muchas de sus representaciones son toquecitos de pintura opaca, aplicados meticulosamente con la misma atención obsesiva por el detalle que caracteriza toda su obra y que es típica de su ética de trabajo. Estos detalles le dan una suerte de estética barroca a  sus superficies, llena de diminutas pinceladas y de una multitud de elementos artísticos. El arte cubano hace mucho que se asocia con la tendencia a llenar el lienzo, así como las casas se llenaban de encajes, de ventanas con vidrieras de colores, de herrerías ornamentales y de multitud de pequeñas decoraciones. Profusión de flores, frutas tropicales y jardines de lujuriante vegetación inspiraron a los pintores cubanos durante generaciones.

 

La estadía del artista en México vino a sumarse a la riqueza de recursos explorados en Cuba. Descubrió el papel de amate (hecho a mano de fibras de corteza de árboles) que los antiguos mexicanos utilizaban para escribir sus códices, y cómo su textura singular le servía para enriquecer sus imágenes.  Se familiarizó también con las diversas y extraordinarias tradiciones alfareras, especialmente las de Puebla, donde él y su esposa vivieron. La cerámica de Talavera de Puebla —un  tipo de mayólica con vidriado de estaño y complicados diseños de origen español, árabe, italiano y chino— ofrecía una manera peculiar de abordar las superficies tridimensionales enteramente cubiertas con prolijos diseños  florales que acentuaban aún más la estética barroca de Cuba y se avenían a las propias tendencias ornamentales de Luna. La artesanía mexicana —en papel, textiles, cerámica y todo un caudal de otros materiales— proporcionaba otra fuente de inspiración, técnica y culturalmente, agregándose a sus diseños europeos y cubanos. Su capacidad de llevar sus destrezas de dibujante y de pintor a la tercera dimensión se hace notoria en la cerámica que él ha creado a través de los años, y constituye también otra clave para establecer la conexión entre su obra y la de Pablo Picasso que parte del aprecio de ambos por el arte medieval español —algo que suele pasarse por alto en una discusión sobre las influencias de Picasso, pero que resulta evidente cuando sus obras y los frescos románicos se ven juntos.

 

En la mayoría de sus obras de los períodos cubista y posteriores, Picasso le prestó la misma atención al contorno, a las líneas acusadas que representan rasgos anatómicos y faciales, a la platitud y la distorsión. En su cerámica, utilizó su deslumbrante dominio técnico y su prodigiosa creatividad para trasponer su genio gráfico hacia una expresión nueva. Sin embargo, su predilección por la línea y las formas planas sigue siendo evidente, como sucede también en la obra de Carlos Luna. Ambos artistas trascienden lo ordinario para inventar un mundo de imágenes que es a un tiempo fantástico y real, con elementos que se bifurcan como las ramas de un árbol para alcanzar nuevos horizontes y dar pábulo a la imaginación.

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