EL ARTE DE CARLOS LUNA
Por Alberto Jorge Carol
Miami, FL. 2014

El arte de Carlos Luna es SINGULAR. Por muchas razones. Nacido en el año 69 —número erótico— del siglo XX, en San Luis, Pinar del Río, Cuba, es allí donde comienza su educación artística que luego continúa y culmina en la capital de la isla durante la pródiga y convulsa década de los ochenta. Sin duda, los Ochenta son la macroescuela de Luna y de cuantos estudiaban arte entonces. Esos años impactaron decisivamente —de una forma u otra— todos los rincones de la cultura cubana y todos los sectores del país.

 

En lo que se refiere a las artes visuales, los Ochenta fueron un período de intenso debate y confrontación estético-ideológica que posiblemente haya sido el más fecundo y trascendente de toda la historia de la plástica cubana. Se comenzó polemizando acerca de la inevitabilidad o no de “ponerse al día” adoptando los lenguajes del postmodernismo y la fiesta acabó como la del Guatao :con un cuestionamiento abierto y masivo —sobre todo por parte de los artistas más jóvenes— de la realidad político-social del país que rompía el molde de “dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada” impuesto por Fidel Castro en 1961.

 

La intransigencia y el inmovilismo —incluso violentos— de la Revolución, incapaz de aprender la lección histórica obvia de la debacle del campo socialista y la desintegración de la Unión Soviética, provocó el éxodo de numerosos artistas de distintas generaciones (y de decenas de miles de cubanos). Es así que Carlos Luna se afinca en México y desarrolla con tesón una obra que muy pronto alcanza ostensible madurez.

 

Ante la obra de Luna hay poco margen para la indiferencia: irradia un magnetismo chocante que pronto se vuelve cautivador. La contemplación es siempre una segunda fase ante sus piezas. La primera es el asombro. Vale la pena dejarse seducir y adentrarse en el poderoso cuerpo de imágenes que, más que solicitar nuestra atención, nos asaltan. Tampoco es difícil. No estamos ante el caso —desgraciadamente frecuente— de “artistas” que pretenden esconder su vacuidad apelando a elaboraciones conceptuales —propias o de otros— que a la postre son también vacías. La obra de Luna es compleja pero inteligible, a veces escandalosamente directa. Profunda, porque viene de muy adentro, y fecunda, porque llega muy adentro. Ha sido explorada y bien interpretada por profesionales inteligentes y honestos. Y justamente valorada —y adquirida— por coleccionistas de importancia. Pero su intrínseca riqueza siempre estimula nuevos puntos de vista.

Creador de esculturas, dibujos, cerámicas y objetos, Carlos Luna es esencialmente PINTOR. La pintura es el corazón, el centro solar del que emana todo lo demás. Y sus pinturas son territorios poblados o superpoblados por los sujetos figurativos y abstractos de diversas historias que transpiran la vida del artista —y de Cuba— y testimonian su apasionada y desinhibida espiritualidad. Gallos, caballos, toros, vacas, cocodrilos, palomas, alacranes, aviones —muchos aviones— puñales, armas de fuego, flores, formas —decorativas o no— árboles, palabras, dioses, ojos —muchos ojos—, Fidel Castro (frecuentemente decapitado), un guajiro echao pa’lante y la MUJER, siempre la misma mujer (símbolo evidente de Claudia, su esposa y madre de sus hijos). Hay que añadir la interpenetración, la identidad híbrida de muchos de estos sujetos pictóricos: el guajiro se convierte en gallo; el gallo en toro; un árbol es también vagina; la vegetación es fálica o animista con ojos en vez de hojas; a una palabra le brota una cabeza; el guajiro eyacula un torrente de flores; los aviones semejan tabacos o penes buscando donde encajarse. Menos la MUJER. La mujer es siempre ella misma: bella, voluptuosa, frutal, minuciosamente ornamentada y muy digna; figura señorial incluso cuando el guajiro la rapta. Es verdad que el erotismo inunda los cuadros de Luna y que se manifiesta de manera abierta y retadora. La mujer es codiciada, se apela a los dioses para conseguirla, pero nunca se la denigra. La pintura de Luna expresa todo el tiempo sentimientos de incontenible virilidad, erotismo y AMOR…pero no machismo.

 

EL GUAJIRO es, por supuesto, autorretrato múltiple del propio pintor. También retrato plural —real o imaginario— de muchas personas, mujeres u hombres, del campo o no, cubanos o no, que son o quisieran ser como él, gente franca y sin miedo. Usa sombrero, guayabera, un bigote del siglo XIX que proclama que es de antes, de ahora y de siempre. Pero no calza botas de labriego, sólo los zapatos de pasear el domingo. Los cuadros aluden a trances de su vida, afirman sus pasiones y opiniones —políticas y existenciales— sin importarle quién mira, con el desenfado con que el pueblo discute en la calle. Así mismo se comportan —vale agregarlo— muchos de los protagonistas figurativos o abstractos de la trama visual que se transmuta o reitera de pintura en pintura.

 

La aparición frecuente en sus cuadros de la imagen de cortinas, unida a su peculiar alteración de las formas y al movimiento abrupto de las figuras protagónicas, se han asociado con el teatro, específicamente el teatro de títeres. Independientemente de similitudes externas, los personajes que viven en las pinturas de Luna no penden de hilo alguno como las marionetas y si interpretan alguna narrativa es la de sí mismos y de su particular ambiente mágico. Lo teatral es una metáfora de la propia VIDA en la que Naturaleza, el ser humano y sus dioses luchan inmersos en un accidentado y pujante acontecer. Esos eventos pueden ser de cualquier tipo, incluso violento, aunque es de notar que también en ese caso, la visión de Luna destila un tono burlón que recuerda al choteo criollo pero lo trasciende. Si bien el choteo, en su forma más primaria y negativa, lo tira todo a relajo, también encubre, con la mofa, dolor, y tiende a evadirse —descompresionando— de la abrumadora gravedad de lo que nos afecta, Luna es lo contrario. El encara y desafía la adversidad. Contraataca con mordacidad, lucidez y puntería precisa. Por otro lado, en su obra también abundan cosas que se toman muy en serio y concitan el compromiso inequívoco del artista. Luna agrede pero también respeta, incluso venera: a su patria, a su mujer, a sus hijos, a su libertad, a su pueblo, a la VIDA. Jorge Mañach en su célebre Indagación del Choteo afirmaba que “ha llegado la hora de ser críticamente alegres, disciplinadamente audaces, conscientemente irrespetuosos” . Eso es, exactamente, Carlos Luna.

 

¿Cómo logra comunicarnos el pintor lo que nos dice y a veces nos grita, su pintura? La capacidad de invención formal de Luna es EXTRAORDINARIA. Uno lo cree porque lo ve. Constante es la distorsión expresiva de las formas naturales —cambiando (reinventando) sus configuraciones, sus tamaños, sus posiciones, sus estructuras, tonalidades y colores. Esto lo combina efectivamente —o lo funde— con formas abstractas. No menos importante es el uso de formas puramente decorativas, con una audacia tal que sobrepasan la mera condición de adorno para convertirse en signos de inquietante valor. Si a ello sumamos la intervención calibrada pero resonante, de palabras y oraciones escritas al derecho y al revés en pleno cuadro, completamos un sumario inicial de recursos plásticos que el artista utiliza para expresarse.

 

Sus modos de representar son sorprendentemente imaginativos. Nada se plasma como lo percibiríamos fuera de sus cuadros y, sin embargo, en ellos todo renueva su esencia: identificamos cada cosa, pero de una manera fresca, nueva. La ruptura acerca al espectador, no lo aleja. Genera empatía no rechazo. En “A Quemar Penas Compay” (1998) aparece su alter-ego, el gallo, resueltamente plantado en la cabeza de una deidad. Su cuerpo está simplificado, resumido y, a la vez, exagerado mediante formas volumétricas, voluptuosas, rotundas, que sintetizan pluma, músculo y determinación. El gallo es gris, austero, metálico pero incombustible. En el fondo, una precisa y dinámica estructura de formas geométricas de distintos matices de rojo, arde libre y eficaz como el fuego. Más atrás aún, las formas, nuevamente grises, ya no están comprometidas con ninguna denotación en particular: son vectores puramente abstractos que se articulan al conjunto y le suman fuerza. Una omnipresente línea negra recorre la composición. Sirve de osamenta, de perfil, de trasmisor de energía . En “Sin Título” (1998) la geometrización es más extrema, igual que en “La Pose y el Encaje” (1998), “Circo y Maroma’ (2005) y muchos otros. En estas obras, formas rectilíneas sumamente rígidas definen el exterior de las figuras centrales y contienen, pero no encierran, sistemas de formas curvilíneas que integran las figuras por dentro. Estos interiores se resuelven con largas formas tubulares que definen una o varias partes del cuerpo, o con fragmentos independientes que flotan en el plano pero se engarzan visualmente. Una sucesión rítmica de breves pinceladas los delinea con esmerada certeza. Esta dicotomía exterior-interior, ¿es sólo ropa-cuerpo o connota también apariencia-esencia? En otras obras, una forma más amplia envuelve a ciertas figuras cual aura protectora que asimismo expande y recalca su movimiento. En otras, ese aura está tejido por texturas a base de pinceladas finas y claras, como fulgor.

 

Una obra que destaca por su efecto provocador es “Sin Título” (2001). Resuelta en negro y blanco sobre el fondo rústico y cobrizo del papel de amate, casi todo el campo visual lo acapara la palabrota CABRÓN. El gallo-guajiro, tranquilo sobre un taburete, hace un gesto admonitorio con su mano de hombre al tipo que cuya cabeza brota por el vientre de la C fumando con descaro (el humo del tabaco configura un falo). Los dos lenguajes, el plástico y el literario, se integran plenamente en este insulto de gran tamaño físico y moral. Para producir semejante imagen hay que tener muy bien amarrados los pantalones de pintor. A diferencia del consabido —y monótono— empleo del texto por los conceptualistas que tan a menudo reniegan de los valores pictóricos, aquí éstos reconquistan el signo lingüístico. Las letras son tan pintura como todo lo demás. Están poseídas por la magia y la gracia del pincel que las dota de púas o las viste con blancas esferas como de algodón. ¿Denuncia ello la doblez del cabrón, capaz de lucir bonito aunque sea malvado? Por el borde superior asoma apenas un cortinaje. Eso indica un escenario que la imagen sugiere pero no abarca. Por el borde inferior, a la izquierda, vemos cuatro óvalos punzantes como hojas de cactus que entran al cuadro. A la derecha, sombras que proyecta la palabra agresora se alargan hacia el espectador. Estamos ante la palestra en que se acusa al cabrón para que se entere todo el mundo. Y a quien le sirva el sayo que se lo ponga.

 

El espacio nunca es pasivo: no hay descanso en los cuadros de Luna. En las obras realizadas sobre papel de amate, la propia textura —táctil y visual— del soporte aporta una ruda complejidad a los fondos que su color natural de tierras y de cortezas no hace más que acentuar. Sin embargo, en ocasiones a Luna esto no le basta y superpone una cuadrícula de líneas negras trazadas a mano alzada. ¿Para qué? Él lo sabe, él lo siente así. Otros tipos de papel y el inmaculado lienzo, pronto pierden la virginidad con capas de pintura que luego son raspadas, desolladas, como para descubrirle una entraña que la pincelada fuese incapaz de revelar. Una vez terminada la obra, las sucesivas capas de pigmento no logran ocultar las huellas de esos gestos inmisericordes de la espátula o del cuchillo que marcan el cuadro con cicatrices de su elaboración y le refuerzan su privilegiada condición de producto de las manos. Cada palmo de la obra, incluso el más humilde y aparentemente secundario, está dotado de esa densidad vibrante. Sobre tal superficie es que comienza paulatinamente a crecer, capa tras capa, la materia plástica organizada por el dibujo. Tinta, carboncillo, lápiz, gouache, óleo con capas intermedias de barniz según el caso. Aguadas intencionalmente rotas a medio secar, pinceladas por las que escalan o descienden tonos y matices o que llenan amplios planos con someros y uniformes puntos de pasta, como armando grano a grano el espacio y el color con mística paciencia de orfebre. Ese es el espesor del cuadro. Pero su latitud y su longitud son difíciles de calcular porque la fuerza expansiva de las formas tiende con frecuencia a desbordar visualmente los límites físicos del formato. Muchas de sus pinturas parecen fragmento de una composición mayor, nadie sabe de qué tamaño. Sin embargo, están organizadas con tal destreza, que aunque pudieran prolongarse indefinidamente en todas direcciones, poseen gancho más que suficiente para capturar la atención del espectador y hacerlo centrarse en lo que tiene ante sí, que es el vórtice de todas esas posibilidades. Esto es particularmente evidente en una obra de la envergadura del Gran Mambo (2006), sin duda, una de sus piezas fundamentales.

 

El color es otra de las dimensiones cruciales en el arte de Luna. La palabra que mejor define cómo lo emplea es MAESTRÍA. Hay que decirlo. En muchos cuadros puede bastarle la escala de los mal llamados “neutros”, que va del blanco al negro recorriendo infinidad de grises. Un ejemplo notable: “Waiting for” (2013). En otras pinturas despliega con sensibilidad virtuosa, un colorido pleno: “Adrian’s Colt” (1993); “The Apostle Decides to Immigrate” (1996); “Star Horoscope” (2010). Especial énfasis merece su capacidad para limitar la paleta y sacarle el máximo a contrastes radicales como es el caso en “El Gran Mambo” —ya mencionado— y otras obras de la misma época. Otros muestras sobresalientes en este sentido son “Iluminated” (2011); “Dialogue” (2012); “The Annunciation” (2010); “Mr. C. O. Jones” (2012).

 

Una de las fértiles paradojas del arte de Carlos Luna es que siendo trabajado minuciosamente con un rigor técnico poco común, el resultado es, sin embargo, tan rozagante como si fuera espontáneo. ¿Cómo es posible que tan denodada elaboración no afecte la lozanía de sus obras? Parte de la respuesta es que sólo el dominio del oficio conduce a la excelencia, a la gracia. Lo contrario es cuando ocasionalmente el burro toca la flauta (que, lamentablemente, abunda y no faltan quienes lo estimulan). La otra parte de la respuesta, es que Luna se da gusto pintando. Lo que desde afuera parece arduo, desde dentro es placentero, se disfruta con el implacable detenimiento con que un amante se gana el cuerpo y el alma de su pareja. Ya lo cantaba la famosa orquesta Aragón en los años cincuenta: “Suavecito, suavecito, suavecito es como se goza más”. El pinta de la misma manera en que satisface a su mujer y engendró a sus hijos. La sensualidad, el erotismo de su arte, no está circunscrito a una temática atrevidamente explícita. Es algo más raigal, consustancial, que alimenta e irriga el proceso mismo de la creación desde que una idea se adueña de su cabeza hasta que sus manos le dan forma final en la materia. Cada pieza de Carlos Luna es un potente foco de vitalidad que enriquece cuanto ilumina.

 

El talento de Carlos Luna es EXCEPCIONAL. Su personalidad, sólida como una pirámide. Entre sus muchas cualidades destacan el arrojo, la capacidad de aprender del mundo y, lo que no es menos importante, de escucharse a sí mismo. Pertenece genuinamente a la élite de artistas que reúnen y cumplen los cuatro puntos cardinales de la creación: cabeza, manos, corazón y cojones. Ello le permitió asimilar y sintetizar de una manera orgánica, natural, a la vez intuitiva y culta, todo lo que le convino del amplio repertorio del arte europeo y norteamericano del siglo XX y también del arte mexicano, especialmente el popular y del múltiple legado del modernismo cubano. Él es heredero y continuador cabal del impulso heroico de aquella Exposición de Arte Nuevo celebrada en La Habana en 1927, patrocinada por la Revista de Avance que desde entonces, por virtud de una misteriosa dialéctica del ambiente y la memoria, se impregna y se transfigura en la obra de numerosos artistas de la Isla. Pero él es el único artista de su promoción en Cuba que escogió soberanamente, a contracorriente, en condiciones de dificultad extrema, ese camino y lo ha coronado imponiéndose con la más alta calidad profesional y un mensaje polifacético y estimulante para la mente y los sentidos.

 

El arte de Carlos Luna es original, auténtico, irreductible a las fuentes que le sirvieron de referencia durante su formación. Ha consumado un perfil único, inconfundible, que exhibe una efectiva comunión entre lo refinado y lo grotesco, lo complejo y lo directo, lo íntimo y lo político, entre lo vernáculo, asumido con orgullo, e indagaciones de fondo en la condición humana.

 

Lo que yo deseo es que todos los factores de este mundo y del otro se conjuguen aún más a su favor para que él continúe creando libremente.

 

©Alberto Jorge Carol

 

1. Expresión en la tradición oral cubana que indica cuando un evento degenera en reyerta.

2. Mañach, Jorge. Indagación del Choteo. Miami, Florida: Mnemosyne Publishing [1940] 1969, p. 80. El texto de Mañach fue publicado por primera vez en la Revista de Avance, La Habana, Cuba (1928).

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