Pablo Picasso – Ceramics / Carlos Luna – Paintings
Por Santiago Espinosa de los Monteros
BUAP, Puebla, Mexico. Noviembre 25, 2009

Quizá una de las grandes vertientes de la creación visual de todos los tiempos sea aquella que retoma de la realidad los elementos más representativos, es decir aquellos que comparten ampliamente las comunidades y que, al pasar por la mirada y las manos de los artistas*, se convierten en una propuesta nueva que de inmediato se integra a lo cotidiano.

 

Por supuesto es más fácil que entre a nuestra vida visual aquello verdaderamente propositivo, que las cosas que simplemente emulan la realidad aportando poco o en ocasiones incluso, hasta quitándole o desvirtuando valores. Me pregunto ahora si seríamos capaces de vivir sin el trabajo de Miguel de Miguel Ángel, sin la locura desplegada por Leonardo da Vinci, sin los maravillosos vuelos de los Surrealistas que ahora a la distancia nos parecen ingenuos pero que en su momento marcaron una diferencia…

Esos creadores que se meten a hablarse de tu a tu con el mundo que les rodea son generalmente los que al final de la película han logrado marcar algunas pautas nuevas, formas distintas de enfrentarnos al entorno pero, lo más importante a darnos herramientas para leer de distinta manera cada uno de nuestros días y aceptar que aquello creado desde la imaginería popular o las reflexivas cúpulas académicas, puede también convertirse en parte de nuestra cotidianeidad.

 

Creo que es el caso de Pablo Picasso, sin duda. Por supuesto que cuando nos levantamos por las mañanas no pensamos en el Guernica, ni en las Señoritas de Avignon, ni en Ciencia y Caridad, pero si de pronto alguien destruye esas piezas sí pensamos en ellas, y más aún, nos enfadamos ante la pérdida de imágenes que ya nos representan, que ya están ahí en nuestra iconósfera** diaria y que echaremos de menos si un día amanecemos sin ellas, aunque no les veamos diario, claro está.

Esta exposición viaja, creo yo, principalmente en ese sentido. Cuando un creador contemporáneo como Carlos Luna pone su mirada en el trabajo de un monstruo como Picasso, lo hace por supuesto desde la plataforma de quien con conocimiento de causa mira la obra de un mayor.

 

Cuando Picasso muere, Carlos Luna tiene apenas cuatro años de edad. Uno en la Europa ruda que sobrevivió guerras, pestes, economías de emergencia peores que las que hoy padecemos. El otro nació en la en la América tropical, en la Cuba que iniciaba una vida prometedora para el continente y para el mundo, en la isla quizá más codiciada por las grandes potencias, isla tesoro; isla botín; uno viejo moría en Europa habiéndolo hecho todo; el otro iniciaba su vida aprendiendo de qué color es el mar y observando cómo caminan los guajiros…

 

Y es importante que tengamos clara esa enorme distancia existente porque cuando volteamos la mirada al trabajo de Carlos Luna y le confrontamos con el trabajo de Pablo Picasso, encontramos evidentemente una mirada diversa sobre elementos como la sexualidad, una zoología que arquetípicamente ha significado lo mismo desde la prehistoria, la relación hombre / bestias pero, de manera muy destacada, vemos cómo sin tocarse y sin que la obra de Luna pretenda emular la de Picasso, viajan en direcciones muy similares en tanto el abordaje lleno de energía de los grandes temas de la historia.

 

Cuando Picasso, muy joven, se acerca a las máscaras africaneas, lo hace atendiendo no sólo a su forma exterior y a su inconmensurable y potente belleza, sino que atiende también la idea de ritualidad para las que ellas han sido creadas. Le fascina su poderosa estructura visual y la potencia expresiva que ellas tenían, pero si eso existía es que detrás estaba también el inconmensurable valor simbólico que cargaban en su interior.

 

La significación de esas piezas que le acompañaron en casi toda su vida creativa, mutó para integrarse de lleno a la nueva iconografía que Picasso les tendió como si fuese una nueva casa en las que ellas deberían vivir. De un día a otro, aquellas imágenes milenarias estaban integradas de lleno a la modernidad y, aquí lo más importante, sin abandonar su fuerza y su dignidad. En otras palabras, esas máscaras africanas no se convirtieron en Picassos, como tampoco lo hicieron más adelante los toreros, las cabras, el búho, etc.

 

Carlos Luna, por su parte, a miles de kilómetros de distancia, entabla un diálogo con esa otra África fundacional de la América en la que le tocó nacer. Con casi un siglo de por medio, Luna inicia su crianza en un entorno de creencias con mundos y dioses que están en su derredor simbólico y atávico. Y casi todos ellos tienen también sus raíces en el continente africano, justamente el mismo del que salieron las máscaras que acompañaron los días del Picasso europeo.

 

En Luna, esa presencia del otro mundo tiene una vigencia tal, que me atrevo a decir que en cada una de sus piezas hay un respetuoso homenaje a Elegguá, de la religión Yoruba. Tanto es así que Elegguá está en cada una de sus obras. Es la protección primera, el que abre los caminos para continuar en la religión. Y sus colores son el rojo y el negro, de clara preeminencia en la obra de Luna

 

De ahí entre otras cosas que esta sexualidad desbordada aparezca de manera gozosa y apartada de los caminos de la seducciónlugarcomún a la que pretenden acostumbrarnos las películas eróticas y bailes de tubo con movimientos predecibles y actitudes paquete al gusto del cliente. La de Luna es  otra manera de seducir.

 

Lo vemos en Latin Lovers y en Ay Manito por ejemplo, que comparten el eterno tema del Voyeur; rodeados de ojos, las parejas interactúan seductoramente a la vista de todos. En Ay Manito esto se vuelve un caos de ojos y penes larguísimos que hacen las veces de un falsamente ingenuo decorado que hace más potente la figura central femenina otorgándole los reflectores del escenario y dejando de lado al eterno guajiro con sombrero que habita en tantas de las piezas de Luna.

 

Cuando veo la obra producida en su conjunto, no puedo sino plegarme ante la capacidad de trabajo no tanto para poner un grupo de objetos frente a nosotros, sino para entablar un diálogo a distancia, a través del tiempo y de la obra, a través de compartir una zoología, aficiones, técnicas, algunos temores quizá pero sobre todo, puntos clave que a ambos autores les tocan de manera intensa como son las formas primitivas cargadas hasta el día de hoy de una historia soterrada que estamos empezando a conocer.

 

* Tengo claro lo riesgoso e impreciso que puede ser el uso de este término.
** Término ampliamente utilizado por Maris Bustamante.

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